Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que aman su venida. 2 Timoteo 4:6-8
Nuestra cultura hace todo lo posible por retrasar la muerte. Las vitaminas, el ejercicio y una buena alimentación son algunas de las maneras en que procuramos vivir más años. Y no hay nada malo en ello. Lo importante es la motivación que hay detrás de esos esfuerzos.
Por ejemplo, la Biblia enseña que nuestro cuerpo es templo de Dios. Por esa razón, debemos cuidarlo con responsabilidad. Además, el Señor tiene buenas obras preparadas para cada uno de nosotros, y es sabio hacer lo que esté a nuestro alcance para mantenernos saludables y disponibles para cumplir el propósito que nos ha encomendado.
Sin embargo, es muy diferente intentar prolongar la vida por miedo a la muerte. Ese temor no proviene de Dios. Jesús murió en nuestro lugar para que todos los que confían en Él como Señor y Salvador puedan vivir con seguridad y esperanza. Quien ha puesto su fe en Cristo tiene la certeza de que le espera una vida eterna en la presencia de Dios.
Nuestro Padre celestial conoce perfectamente la duración de cada vida. Ningún día de nuestra existencia le toma por sorpresa. Por eso, la mejor manera de prepararnos para el futuro es recibir a Jesús por fe y vivir cada día rendidos a Su voluntad.
También es importante que los creyentes mantengamos la eternidad en perspectiva. Este mundo es un regalo maravilloso que debemos disfrutar y cuidar, pero no es nuestro destino final. Nos espera un hogar eterno junto al Señor. Ambas cosas son bendiciones de Dios, pero una de ellas durará para siempre.
La pregunta no es cuánto tiempo viviremos, sino cómo estamos viviendo. Cada día es una oportunidad para caminar con Dios, servirle fielmente y prepararnos para el momento en que entremos en Su presencia con gozo y confianza.
Señor, gracias porque en Cristo tengo la esperanza de la vida eterna. Ayúdame a vivir cada día con sabiduría, aprovechando el tiempo que me has dado para servirte y honrarte. Quita de mi corazón todo temor al futuro y enséñame a confiar plenamente en Tus planes. Que mis prioridades estén alineadas con la eternidad y que mi vida refleje una fe firme y perseverante hasta el final. En El Nombre de Jesús, Amén.