Guerrero de Dios: Limpio de impurezas

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Jesús le dijo: El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no todos. Porque sabía quién le iba a entregar; por eso dijo: No estáis limpios todos. Juan 13:10-11

En el antiguo Israel, los pies terminaban cubiertos de polvo y suciedad después de caminar todo el día con sandalias. Por eso, cuando alguien entraba a una casa, era costumbre quitarse el calzado y lavar sus pies. En los hogares más acomodados, esa tarea la realizaban los siervos. Aunque era necesaria, se consideraba un trabajo humilde y desagradable, reservado para el servidor de menor rango.

Imagina la sorpresa de los discípulos cuando el Hijo de Dios tomó el lugar de un siervo y se arrodilló para lavarles los pies. La necesidad estaba allí, pero ninguno de ellos se ofreció para hacerlo. Jesús no solo atendió una necesidad práctica; también les dio una poderosa lección, diciendo: “Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis” (Juan 13:15).

Jesús desea que estemos dispuestos a humillarnos para servir a los demás. Él busca hombres y mujeres que dejen a un lado el orgullo, la posición y el deseo de reconocimiento, para hacer lo que sea necesario, donde sea necesario y por quien necesite ayuda.

Este acto de servicio humilde ocurrió apenas un día antes de Su juicio y crucifixión. Sí, Jesús lavó pies sucios con las mismas manos que poco después serían atravesadas por clavos. Se tomó el tiempo para enseñarnos que toda tarea que Dios nos encomienda, por más sencilla o insignificante que parezca, tiene valor en Su reino.

Señor Jesús, enséñame a servir con humildad y amor verdadero, sin buscar reconocimiento ni importancia personal. Quita de mí el orgullo y dame un corazón dispuesto para ayudar a los demás con alegría. Que pueda seguir Tu ejemplo cada día y entender que toda obra hecha para Ti tiene valor eterno delante de Tu reino. En El Nombre de Jesús, Amén