Guerrero de Dios #347: Cuidado con la vanagloria

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No te jactes de ti mismo; que sean otros los que te alaben. (Proverbios 27:2)

En el libro de Ester, encontramos una lección clara de petulancia y engreimiento. El malvado de Amán, quería mandar empalar a Mardoqueo, porque éste no le rendía pleitesía. Mardoqueo había librado al rey Asuero de un asesinato por parte de dos miembros de la guardia, y nunca se le había hecho un reconocimiento por su acción. “¿Qué honor o reconocimiento ha recibido Mardoqueo por esto? –Preguntó el rey. –No se ha hecho nada por él –respondieron sus ayudantes personales”. Ester 6:3.

Amán que andaba por el patio exterior del palacio con el fin de pedirle al rey que empalara a Mardoqueo siguió para hablar con él y se encontró con la pregunta del rey “¿Cómo se debe tratar al hombre a quien el rey desea honrar?”. Verso 6. Amán, convencido que se trataba de él, respondió: “-Para el hombre a quien el rey desea honrar, que se mande traer una vestidura real que el rey haya usado, y un caballo en el que haya montado, y que lleve en la cabeza un adorno real. La vestidura y el caballo deberán entregarse a uno de los funcionarios más ilustres del rey, para que vista al hombre a quien el rey desea honrar, y que lo pasee a caballo por las calles de la ciudad, proclamando a su paso: <¡Así se trata al hombre a quien el rey desea honrar!>. Ve de inmediato –le dijo el rey a Amán-, toma la vestidura y el caballo, tal como lo has sugerido, y haz eso mismo con Mardoqueo, el judío que está sentado a la puerta del rey. No descuides ningún detalle de todo lo que me has recomendado”. Versos 7-10.

¿Cómo quedaría Amán, después de semejante humillación? “El que se ensalza, será humillado; y el que se humilla, será ensalzado”. Es mejor que nos alabe el extraño y no, nuestra propia boca. Sin embargo, debemos tener cuidado de la alabanza de los hombres. Nos pueden llegar a envanecer. Pablo nos recomienda no tener un concepto sí mismo, más alto del que se debe tener, sino que pensemos con moderación. (Romanos 12:3).

Recordemos que la gloria le pertenece a Dios, quien es el que nos da sabiduría, inteligencia, gracia y riqueza. Por nosotros mismos, no poseemos nada. Todo se lo debemos a Él. Filipenses nos dice que nuestra actitud debe ser como la de Cristo Jesús: Siendo por naturaleza Dios, se rebajó tomando la naturaleza de siervo y se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó hasta lo sumo y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre (capítulo 2, versos 6-9).

Permitámonos aprender de esta lección de Amán y de la actitud del Señor Jesucristo para que el Espíritu Santo transforme nuestras mentes en humildad para su Gloria.

Nunca presumas de quien eres, o de lo que tienes o sabes. Porque nada de eso te pertenece. Sólo es prestado por un tiempo.

Palabra diaria: Señor, que reine en mi corazón, sobre la soberbia de creer en mis propias habilidades, la humildad de confiar en Tu poder y en Tu provisión.