Si es necesario gloriarse, me gloriaré en lo que es de mi debilidad. El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien es bendito por los siglos, sabe que no miento. 2 Corintios 11:30–31
La descripción que Pablo hace de sus sufrimientos en el pasaje de hoy es verdaderamente impresionante. A lo largo de su ministerio enfrentó innumerables dificultades, pero nunca se dedicó a quejarse ni buscó despertar la compasión de los demás. Para él, si ese era el precio de servir apasionadamente a Cristo, estaba dispuesto a pagarlo. Su ejemplo tiene mucho que enseñarnos acerca de nuestra propia vida de fe.
En primer lugar, Pablo comprendió que debía servir conforme a la voluntad de Dios y no según sus propios planes. Cuando el Señor se le apareció en el camino a Damasco, le dejó claro que sería Él quien le mostraría lo que debía hacer. De igual manera, nosotros estamos llamados a buscar la dirección y los tiempos de Dios. Esto requiere valentía, porque obedecer al Señor implica estar dispuestos a seguirlo sin imponer condiciones ni límites.
En segundo lugar, Pablo entendió que debía servir conforme a los dones que Dios le había dado y no simplemente apoyarse en sus capacidades naturales. Los talentos humanos pueden ser útiles, pero son los dones espirituales los que nos capacitan para cumplir el propósito que Dios tiene para nosotros. El poder del ministerio de Pablo no provenía de sus logros personales ni de sus credenciales, sino de su relación con Cristo y de la obra del Espíritu Santo en su vida.
Aun cuando servimos al Señor con fidelidad y utilizando los dones que Él nos ha concedido, habrá momentos en los que el servicio resulte exigente y agotador. Sin embargo, cuando permanecemos enfocados en Cristo, descubrimos que, en medio de las dificultades, también existe una profunda satisfacción y un gozo que el mundo no puede ofrecer.
Dios no nos llama a compararnos con otros ni a depender únicamente de nuestras habilidades. Él nos invita a poner a Su disposición aquello que nos ha dado y a servir con un corazón dispuesto. Cuando lo hacemos, experimentamos el privilegio de participar en Su obra y de ver cómo Él usa nuestra vida para bendecir a otros y extender Su reino.
Señor, gracias por los dones y capacidades que has puesto en mi vida. Ayúdame a servirte con humildad y fidelidad, buscando siempre Tu voluntad y no la mía. Dame valor para obedecerte y fortaleza para perseverar cuando el servicio se vuelva difícil. Que mi mayor satisfacción sea conocerte y ser útil en Tus manos para la gloria de Tu nombre. En El Nombre de Jesús, Amén.