Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; No hay quien entienda, No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Sepulcro abierto es su garganta; Con su lengua engañan. Veneno de áspides hay debajo de sus labios; Su boca está llena de maldición y de amargura. Sus pies se apresuran para derramar sangre; Quebranto y desventura hay en sus caminos; Y no conocieron camino de paz. No hay temor de Dios delante de sus ojos. Romanos 3:10–18
Dios siempre desea lo mejor para nosotros. La Escritura nos muestra que Él es paciente con la humanidad porque no quiere que nadie se pierda, sino que todos procedan al arrepentimiento. Muchos creyentes pueden dar testimonio de ello, pues antes de entregar su vida a Cristo recibieron una y otra vez muestras de la paciencia y la misericordia de Dios.
Si alguna vez pensamos que el Señor concede nuevas oportunidades sin tomar en serio el pecado, basta con leer el pasaje de hoy. Allí encontramos una descripción de la condición humana vista desde la perspectiva divina. Por más que intentemos ser buenos por nuestras propias fuerzas, nunca podremos alcanzar el estándar perfecto de santidad que Dios demanda. Todos hemos fallado y todos necesitamos Su ayuda.
La maravillosa noticia es que la gracia de Dios es infinitamente mayor que nuestros pecados. Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. Nuestro Padre celestial conoce nuestras debilidades, pero no nos abandona a causa de ellas.
Sin embargo, Dios también es un Juez justo y santo. No puede ignorar el pecado ni fingir que no existe. Si lo hiciera, dejaría de ser el Dios perfecto que revelan las Escrituras. Por eso, en Su amor, llevó a cabo un plan de salvación. Todo aquel que pone su fe en Jesucristo recibe perdón y es reconciliado con Dios. Por medio de la fe somos justificados y disfrutamos de paz con Él.
Gracias a Cristo, nuestra historia ya no está definida por nuestros errores. Cuando Dios mira a Sus hijos, ve la justicia de Su Hijo cubriendo sus vidas. La culpa ha sido removida y la relación con el Padre ha sido restaurada.
Jesús es mucho más que una segunda oportunidad; Él es nuestra única esperanza de salvación. Sin Él no habría perdón, ni justificación, ni gracia. Por eso, hoy es un buen momento para detenernos y agradecer al Señor por el regalo incomparable de Su amor y misericordia.
Padre celestial, gracias porque Tu gracia es mayor que todos mis pecados y porque en Cristo me has dado perdón y una nueva vida. Gracias por no rendirte conmigo y por ofrecerme esperanza cuando no la merecía. Ayúdame a vivir cada día agradecido por Tu misericordia y a recordar que mi salvación descansa únicamente en la obra perfecta de Jesús. En El Nombre de Jesús, Amén.