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Cuando nos enfrentamos a pruebas y dificultades en la vida, podemos sentirnos abrumados, vulnerables e impotentes. Sin embargo, Dios nos promete que Su gracia nos basta, pues Su poder se perfecciona en nuestra debilidad (2 Corintios 12:9). En nuestra fragilidad, la fuerza de Dios brilla con más intensidad. Cuando reconocemos nuestra dependencia de Él, nos dota de Su fuerza, paz y consuelo que sobrepasan todo entendimiento humano (Filipenses 4:7). Incluso cuando estamos afligidos y sorprendidos por la prueba que enfrentamos, no nos sentimos aplastados ni abocados a la desesperación, porque el Espíritu Santo renueva nuestro ser interior día a día (2 Corintios 4:8-9, 16). Podemos estar contentos en todas las circunstancias, porque tenemos la fuerza de Cristo que nos capacita (Filipenses 4:11-13).