La fe que me sostuvo.
No fue la fuerza, ni el ánimo, ni siquiera el entendimiento. Fue esa fe que nació en medio del cansancio, cuando ya no quedaban razones, pero aún quedaba amor por la vida. Esa fe silenciosa que no grita, pero sostiene. La que no necesita pruebas, solo un corazón dispuesto. Gracias a ella sigo aquí, no porque todo sea fácil, sino porque aprendí que incluso en las tormentas, alguien mayor que yo sigue al timón.