Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho. Santiago 5:16
Dios se interesa por nuestro bienestar físico. Después de todo, Él creó nuestro cuerpo para que sea templo de Su Espíritu.
Las decisiones equivocadas pueden conducir a enfermedades (Juan 5:14). Por eso, cuando sufrimos alguna aflicción, es sabio pedirle al Señor que examine nuestro corazón y nos muestre si hay algo que necesita ser corregido (Salmos 139:23-24). Sin embargo, la mayoría de las veces, los problemas de salud son simplemente parte de nuestra condición humana caída y no una evidencia de pecado personal. La realidad es que la enfermedad y el sufrimiento alcanzan a prácticamente todas las personas en algún momento. Entonces, ¿qué respuesta desea Dios de nosotros?
Nuestro Padre celestial quiere que vivamos conscientes de Su presencia y permanezcamos en constante comunicación con Él, apoyándonos en Su cuidado mientras recibimos la atención médica necesaria. Desarrollar una vida de oración es una de las mejores maneras de prepararnos para las situaciones inesperadas.
La Palabra de Dios también nos llama a interceder unos por otros. Entre sus instrucciones está la de llamar a los ancianos de la iglesia para que oren por el enfermo y lo unjan con aceite en el nombre del Señor.
Nuestro Padre tiene poder para sanar, aunque en ocasiones permite que una enfermedad permanezca. Cuando pedimos salud y restauración, debemos hacerlo con fe en Su poder y con plena confianza en Su perfecta voluntad. Aun en medio de la debilidad, Su presencia sigue siendo nuestro mayor consuelo y fortaleza.
Señor, gracias porque conoces cada necesidad de mi vida y porque puedo acudir a Ti en todo momento. Fortalece mi fe en medio de la enfermedad y ayúdame a confiar en Tu poder y en Tu perfecta voluntad. Enséñame a descansar en Tu presencia y a encontrar en Ti mi paz y mi esperanza. En El Nombre de Jesús, Amén.