Vino luego a sus discípulos, y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora? Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil. Mateo 26:40-41
Todos experimentamos la tentación. No importa cuán maduros seamos en la fe ni cuánto tiempo llevemos siguiendo a Cristo: la tentación llega, a veces como un susurro sutil y otras como un clamor insistente. Sin embargo, es importante entender que la tentación en sí misma no es pecado. Es una invitación a llevar un deseo legítimo más allá de los límites que Dios estableció.
Dios creó deseos buenos en nosotros: la necesidad de provisión, compañía, descanso y satisfacción. El problema surge cuando esos impulsos se desordenan y buscan cumplirse fuera de la voluntad del Creador. El pecado no comienza con el deseo, sino cuando cedemos a la distorsión de ese deseo.
Una de las estrategias más efectivas del enemigo es deformar lo que Dios diseñó como bueno. Por eso, cuando enfrentes la tentación, acude al Señor y pídele discernimiento para reconocer el origen de ese deseo. Luego, clama por la fortaleza necesaria para permanecer firme y no apartarte de una devoción sencilla y pura a Cristo.
Señor, ayúdame a reconocer la tentación antes de que tome control de mis pensamientos. Dame discernimiento para entender tus límites y fortaleza para obedecerlos. Guarda mi corazón y mi mente para que permanezcan fieles a ti y a tu verdad. Enséñame a velar y orar con constancia. En El Nombre de Jesús, Amén.