Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: «Sorbida es la muerte en victoria». 1 Corintios 15:54
Cuando escuchamos la palabra resurrección, la mayoría de nosotros piensa de inmediato en la victoria de Jesús al levantarse de entre los muertos. Sin embargo, su triunfo sobre la tumba es también el anticipo glorioso de lo que sucederá con cada uno de nosotros (1 Juan 3:2). Un día, todo creyente que haya partido experimentará una resurrección corporal semejante a la suya, y quienes estén vivos cuando Cristo regrese serán transformados de mortales a inmortales en un abrir y cerrar de ojos.
Una de las primeras dudas que suele surgir es: «¿Cómo seremos físicamente?». Estos cuerpos terrenales y frágiles serán transformados en cuerpos gloriosos como el de Cristo —sin la divinidad, por supuesto—. En este pasaje, el apóstol Pablo nos ofrece valiosos destellos sobre sus características: serán incorruptibles, gloriosos, poderosos y espirituales. Nunca más volveremos a experimentar el pecado, la enfermedad, el dolor, el sufrimiento, la debilidad, el cansancio ni la muerte.
Otra inquietud común es: «¿Reconoceremos a nuestros seres queridos?». Consideremos esto: ¿cómo podrían unos cuerpos tan poderosos y gloriosos estar limitados de alguna manera? Nuestros sentidos y facultades mentales serán perfeccionados, no disminuidos.
Nos aguarda un futuro extraordinario, pero el gozo de estrenar un cuerpo glorificado y reencontrarnos con nuestros seres queridos será superado por la dicha indescriptible de contemplar a Jesús cara a cara. Él es quien hizo posible esta victoria eterna. Que el agradecimiento de nuestro corazón nos impulse hoy a amarle y servirle con total fidelidad.
Señor Jesús, gracias por tu triunfo victorioso sobre la muerte y por la bendita esperanza de la resurrección que nos has prometido. Fortalece mi fe cuando enfrente la fragilidad, el dolor o la pérdida en este mundo terrenal, recordando que este cuerpo mortal será un día vestido de incorrupción. Llena mi corazón de gratitud ante la promesa de contemplarte cara a cara, y ayúdame a vivir cada día de forma digna, sirviéndote con fidelidad y gozo. En tu santo nombre, yo oro. Amén.